23/5/10

Agujas y pajares


Ni los objetos, ni las opiniones estuvieron siempre tan disminuidos. Hubo un tiempo en que tenían un valor (incluso un precio). Si querías poner en la librería del salón una cabeza de Buda, debías aguardar a que un diplomático, amigo de un hermano de tu cuñada, te la trajera. Una cabeza de Buda, por continuar con el ejemplo, constituía una rareza medio zen envidiada por quienes venían a cenar. No digamos una matrioska rusa, ese objeto que abríamos hasta el final en busca de la respuesta, reiniciándolo enseguida, a la manera informática, para ver si a la segunda o a la tecera dábamos con el sentido de la repetición. Las cabezas de Buda y las matrioskas son hoy pura calderilla de la que se abandona en un cajón para no deformar los bolsillos. Las hay a docenas en las estanterías, en el fondo de los armarios, en los baúles de juguetes de los niños, debajo de los fregaderos... A veces te tienes que abrir paso entre ellas y entre las muñecas vestidas de flamencas, entre las giraldas de plástico, los Oscar de pega (Al mejor papá), los incensarios orientales, los mandos a distancia viejos... Estamos invadidos de cosas porque las cosas han perdido su valor, incluso su precio, son una peste. Debería haber un jefe de las Cosas igual que en los periódicos hay un jefe de Opinión que dice esto sí, esto no. Cabezas de Buda, no, de ninguna manera. Se emiten al día tantas opiniones como toritos bravos de plástico con banderillas salen de las entrañas de las máquinas, y no es más que una opinión, que es a lo que íbamos. Los cierto es que del mismo modo que poseer millones de matrioskas rusas equivale a no tener ninguna, disponer de tanta opinión comienza a parecerse a la catatonia mental. A lo mejor entre todas las giraldas de plástico con purpurina hay una de oro. Pero sería más difícil dar con ella que encontrar una aguja en un pajar.

Juan José Millás, El País, venres 21 de maio de 2010.